El engañoso brillo del oro

El engañoso brillo del oro

Por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Na cional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.

Cuando en 1453 los turcos tomaron Constantinopla, abrían paso a una nueva era en la economía mundial; al bloquear la ruta hacia el Oriente, obligaron a las potencias europeas a buscar nuevas vías. Vendrían, como consecuencia, los grandes descubrimientos geográficos, que propiciaron el fortalecimiento de España. Europa quedó conectada con los otros continentes y se creó así un auténtico mercado mundial y una acrecentada demanda.

En 1500, la población de España era de poco más de cinco millones de habitantes, pero, gracias a las colonias, en el reinado de Felipe II (1556-1598) la población total bajo control del imperio alcanzó los 600 millones.

Sería ésta una clientela cautiva de los monopolios comerciales de España; el país agrandó su poderío frenando a sus colonias, triangulando el comercio entre ellas, o gravándolo; incluso, se prohibió la producción industrial de varias mercaderías, por ejemplo de paño, para que no compitieran con la metrópoli.

Movida por la tesis mercantilista de que el oro es la riqueza, España buscaba acumularlo; a su vez, durante el siglo XVIII, la piratería y los corsarios al servicio de la corona inglesa saquearon los galeones españoles cargados de oro.

Pero en Europa se libraba otra disputa, menos espectacular, pero más decisiva: la lucha en el terreno productivo, en el desarrollo industrial, guerra económica que, al final, ganaría Inglaterra. España recibía mucho oro de sus colonias, tanto que el imperio se atragantó con él; fue tan desmesurada su monetización, que como consecuencia se generó una demanda exagerada, pero la oferta, organizada sobre bases primitivas, no pudo reaccionar, dando lugar a la primera gran inflación de que se tenga memoria.

En España se desarrollaron de manera incipiente algunas industrias: las primeras de lana y seda en Europa florecieron en Játiva, Valencia, en el siglo XII; asimismo, uno de los primeros bancos: la Taula de cambi, en Barcelona, fundado por el año 1400. Sin embargo, aquella industria capitalista no se generalizó, y España continuó en el atraso, con su estructura artesanal sujeta al rígido régimen gremial, incapaz de abastecer la nueva demanda.

España siguió siendo feudal por mucho tiempo. La Iglesia llegó a disponer de la mitad de las rentas durante el siglo XVI.

Se sabe que el tres por ciento de la población poseía el 98 por ciento de la tierra de España. El boato de los séquitos parasitarios representaba una pesada carga para la economía. La burocracia se comía el ingreso: a finales del siglo XVII, uno de cada cinco españoles vivía del erario.

Para colmo, la monarquía expulsó a los judíos y luego a los árabes, privando al país de la base económica y financiera que ellos representaban. Apoyado sobre aquellas endebles bases económicas, y movido por su fanatismo, Felipe II emprendió numerosas y costosas aventuras militares para ensanchar su imperio, con la consiguiente sangría para el erario.

Mientras tanto, Inglaterra diligentemente impulsaba su capacidad productiva. Desarrolló la organización capitalista de la industria, primero mediante la cooperación simple, uniendo muchos artesanos en un solo taller, y luego en la manufactura, con su eficacísima división y especialización del trabajo, que elevaría la productividad, reduciría costos y elevaría la competitividad.

Como consecuencia, el oro que llegaba a raudales de América y era amonedado en España, no encontraba en este país la oferta correspondiente, y solo provocaba aumentos de precios.

Las especias eran compradas a los italianos, que tenían el monopolio; el vino, a genoveses y florentinos. Sobre el mercado de telas, dice Hugh Thomas en El Imperio Español: “En Sevilla se tejía tela en unos tres mil telares. Pero con esta producción apenas se satisfacía una pequeña parte de la demanda.

Así que los ciudadanos de Sevilla, al igual que los de las Indias, comenzaron a importar telas del norte de Europa… Hacia 1500 la mayoría de los vendedores eran, sin embargo, ingleses…” (pág. 621). Los genoveses controlaban también la importación de piel de cabra, tela canelote y terciopelo; los alemanes de Nuremberg, la impresión de libros.

Así pues, para finales del siglo XVII, el déficit comercial de España era enorme: el valor de las importaciones, sobre todo productos manufacturados, representaba el doble de sus exportaciones.

La lana era el principal producto de exportación, pero para finales del siglo XVII, los rebaños de ovejas habían quedado reducidos a la mitad, debido a la baja competitividad de España. En la banca dominaba la familia de banqueros Fugger, de Alemania.

Inglaterra supo sacar provecho del atraso de su adversaria y ganar la partida en términos económicos, atrayendo buena parte del oro americano.

Elevar la productividad, ésa fue su verdadera arma para, finalmente, arrebatar a España la supremacía de los mares y del mercado mundial, hecho simbólicamente marcado por la victoria de Inglaterra en la histórica batalla naval de Trafalgar, librada en 1805. España, con sus montañas de oro, dueña hasta entonces del mundo, se vio vencida por la supremacía política y militar inglesa, expresiones de supremacía económica.

Quedaría así comprobado que no basta el oro, o la plata, como proponen algunos modernos mercantilistas, para hacer la grandeza de un país.

El impulso de la productividad es la verdadera clave del fortalecimiento económico y político; e implica fomento de la educación, la ciencia y la tecnología, mejor organización y eficiencia de los procesos productivos, reducción de costos y optimización de recursos. En fin, la lección de España, que de imperio pasó a paria, y el triunfo económico de Inglaterra, son lecciones importantes de la historia económica.