UU. detrás de los conflictos multipolares

UU. detrás de los conflictos multipolares

Por Nydia Egremy

Mientras el mundo se plantea vivir con o sin Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump maniobra para imponerse en la escena geoestratégica global aún a costa de enfrentarse con sus aliados. Con un gobierno bajo acoso por las agencias de inteligencia y sus propios conciudadanos, el magnate retira a su país del Acuerdo sobre Cambio Climático y se aleja de Europa.

Así persigue la ilusión del recién fallecido politólogo Zbigniew Bzrezinski, de ganar en el ajedrez geopolítico. A ese objetivo responden la crisis que aísla a Qatar del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y los ataques terroristas en Irán, pues hoy, como nunca antes, Washington protagoniza tantos conflictos.

El multilateralismo está a prueba con el gobierno del presidente estadounidense Donald John Trump. Para alcanzar sus objetivos regionales, en su mensaje en la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) y EE. UU. del 21 de mayo en la capital saudita, ante líderes árabes y musulmanes de 57 países, el empresario inmobiliario articuló una retórica anti-iraní, anti-Hezbolah, anti-resistencia yemení y arremetió contra la Siria de Bashar Al-Assad.

No obstante, aunque ahí se alardeó de la cohesión entre las monarquías del Golfo y Washington, algunas voces se desmarcaron de la supuesta unanimidad. De ahí desprendieron la crisis en Qatar y los ataques terroristas en Irán.

La cumbre del G20 en Hamburgo, del siete y ocho de julio, se realizará en un clima tenso. Ahí Trump cosechará el maltrato que dio a sus aliados el 25 de mayo cuando les exigió más cuotas para financiar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la que le asignó una nueva misión: combatir el extremismo islámico.

Entonces, en la cumbre del G7 en Taormina, Italia, ya se percibía que EE. UU. se retiraría del Acuerdo sobre el Cambio Climático. Tras el anuncio del mandatario estadounidense que retiró a su país de este pacto –a solo cinco meses de la COP23 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Bonn– los europeos optan por caminar sin Washington y buscar su propia independencia.

Sube el calor

En términos básicos, el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático tiene la meta de mantener en dos grados centígrados  (ºC) menos la temperatura mundial. Para lograrlo pide a EE. UU. esforzarse en reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, es decir que no excedan 1.5ºC.

A ello se han comprometido 147 países (la Unión Europea, China y México incluidos). Con Barack Obama EE. UU. se comprometió a reducir para 2025 entre el 26 y el 28 por ciento todas sus emisiones con respecto a los niveles de 2005. En cambio su sucesor, Donald  Trump, reclama que su país ya pagó mil millones al Fondo Verde para el Clima, “incluyendo dinero destinado a luchar contra el terrorismo”.

Las principales falacias de Trump para dejar el compromiso ambiental son: que no se trata del clima sino que otros países logran ventajas económicas a costa de EE. UU., por lo que el Acuerdo es  “una conjura escandalosa de los imbéciles que le ha sido impuesto” a su país. Asegura que de permanecer se perderían 2.7 millones de empleos, que costaría tres mil millones de dólares y que reducirá en siete mil millones anuales el poder de compra de los ciudadanos.

Detrás de la decisión del magnate-presidente estaría el escéptico del cambio climático y jefe de la agencia de Protección Ambiental (EPA, en inglés), Scott Pruitt. En una clara señal de que llegó el momento de emanciparse de su aliado trasatlántico, la canciller alemana Ángela Merkel subrayó que su país y Europa están determinados a cumplir la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible de la ONU.

En un comunicado conjunto, Alemania, Francia e Italia advirtieron que no se renegociará lo pactado y en un simpático mensaje, la ministra de medio ambiente alemana Bárbara Hendricks afirmó: “El clima sobrevivirá a ocho años de Trump”.

La reacción del magnate-presidente fue visceral contra su aliado germano, cuando escribió en twitter: “Tenemos un déficit comercial masivo con Alemania y además –ellos– pagan mucho menos de lo que deberían a la OTAN y en gastos militares. Eso es muy malo para EE. UU. y cambiará”.

No obstante, para el director de la Red Voltaire, Thierry Meyssan, el fondo de esta disputa es el objetivo estratégico del presidente estadounidense de modificar la misión original de la OTAN. Aunque la meta de esa alianza siga siendo rivalizar con Rusia, en adelante dedicaría la mitad de sus recursos a luchar contra el yihadismo.

Por su parte, el presidente ruso Vladimir Putin se abstuvo de criticar la decisión de Trump, aunque comentó que EE. UU. pudo optar por modificar sus obligaciones del Acuerdo, que es un “documento marco”.

Irán y Qatar en la mira

A dos semanas de que en Riad se consolidara un discurso anti-iraní, el siete de junio en Teherán ocurrían ataques terroristas simultáneos donde murieron 17 personas y hubo 50 heridos.

Los hechos ocurrieron en sitios emblemáticos de Teherán: el Parlamento y el mausoleo del imán Jomeini. Para el líder supremo iraní Ali Jamenei esos ataques son “clara muestra del odio y la hostilidad maligna de los vasallos de la arrogancia mundial (EE. UU) hacia el honorable pueblo de Irán”.

En su breve comunicado de ese día, la Casa Blanca se abstuvo de condenar los ataques terroristas en Teherán. Sin escatimar términos duros, el texto presidencial advertía a Irán que quienes apoyan el terrorismo se exponen a ser sus víctimas.

Ante esa profunda hostilidad imperial, el canciller iraní Mohamad Yavad Zarif consideró repugnante la reacción del presidente estadounidense. El funcionario ironizó: “El pueblo iraní rechaza estas declaraciones de amistad de parte de EE. UU.”.

Minutos después de los ataques, el primero en reaccionar fue el grupo militar de élite Guardianes de la Revolución, que en un comunicado prometió una respuesta al “plan político firmado por EE. UU., Israel y Arabia Saudita para minar, ante sus propios fracasos, la fortaleza iraní”. Horas después, moderado, el presidente iraní Hassan Rohani instaba a la unidad y la cooperación regional e internacional contra el terrorismo.

El nueve de junio, miles de iraníes asistían al funeral de las víctimas. Clamaban por justicia y acusaban a Occidente de la masacre mientras caminaban bajo el Sol abrasador y temperaturas de 36 grados, muy difícil de sobrellevar en el ayuno del Ramadán. Horas antes, el grupo radical Estado Islámico (EI) reivindicaba el hecho ante el escepticismo de la mayoría.

Ese día, el Ministerio de Inteligencia informó que había desactivado a unos 41 miembros del EI en operativos donde también se localizaron documentos, equipos de comunicación y explosivos. Esa acometida parece lejos de ser la única. En el futuro próximo atestiguaremos nuevas ofensivas contra la nación persa.

Al otro lado del golfo pérsico, el cinco de junio, rompían relaciones con Qatar sus socios del CCG: Arabia Saudita, Baréin, Kuwait, Omán y Emiratos Árabes Unidos (EAU). Apenas habían transcurrido nueve días de la visita de Donald Trump a Medio Oriente y todos acusaban al pequeño pero rico emirato de financiar a terroristas.

¿Cómo sería posible eso si en esa península EE. UU. tiene en Al Udeid su mayor base militar en Medio Oriente con 11 mil soldados, además de que ahí radica el Comando Central de la Fuerza Aérea?

Una explicación más congruente al aislamiento de Qatar sugiere su posición energética,  pues posee las terceras mayores reservas de gas mundial y grandes reservas petroleras.

Por ello ostenta un producto interno bruto (PIB) de 145 mil 919 millones de dólares y es el país de mayor renta per cápita (unos 129 mil 700 dólares); además tiene la menor tasa de desempleo del planeta (0.7 por ciento), según el Facebook 2016 de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

La otra razón sería geopolítica. La familia Al Zani dirige el emirato hace más de 150 años y ha invertido sus multimillonarios ingresos por hidrocarburos en reformas, obras de infraestructura e inversiones.

Desde 1996 el emir Hamad ibn Jalifa al Zani decidió proyectar a su pequeña península y hacerla influyente, para ello diseñó una política exterior con relativa autonomía. Organizó la Cumbre Climática de 2012, el Campeonato Mundial de Futbol de 2022 y ha fungido como mediador en los conflictos libanés, sudanés y palestino.

Además, su buena relación con Irán y la Hermandad Musulmana – proscrita en Egipto tras el golpe de Abdel Fattah Al-Sisi contra el presidente Mohamed Morsi en 2013- en marzo de 2014 le costó a Qatar una ruptura con el CCG hasta que Kuwait favoreció su regreso a la comunidad.

Sospechosamente, el pasado 24 mayo ocurrió lo imprevisto; la agencia noticiosa oficial qatarí QNA, fue hackeada con el propósito de divulgar información falsa atribuida al emir Tamim bin Hamad al Zani.

Arabia Saudita se sintió ofendida, aunque la cancillería y la vocería qataríes negaron toda autoría. Informaron que investigan para identificar a los responsables, pero en reacción, el gobierno de Arabia Saudí bloqueó los sitios web de medios qataríes (Al Jazeera, entre ellos).

Con supuesta sorpresa EE. UU. ha calificado ésta como la más grave crisis diplomática en el Golfo Pérsico en años. Y ha ofrecido su mediación sin citar su estratégica base qatarí de Al Udeid, de la cual salieron las tropas que invadieron Irak en 2003 y el Pentágono lanzó cientos de ataques aéreos contra el EI en Irak y Siria. El secretario de Estado, Rex Tillerson, manifestó su deseo de “alentar a las partes a sentarse y enfrentar las diferencias”, y confió que esta situación no impacte en la lucha contra el EI.

Es evidente que este conflicto, en pleno mes sagrado musulmán de Ramadán, se gestó por largo tiempo. Esta crisis no es porque Qatar haya hecho algo mal, sino un intento del CCG para revitalizar sus nexos con el nuevo gobierno de Donald Trump a costa de descarrilar las históricas prioridades árabes, señala el experto de Prensa Latina, Ulises Canales.

El emirato, pese a su riqueza, importa el 40 por ciento de sus alimentos de Arabia Saudita, único país con el que tiene frontera terrestre y que hoy está cerrada. Más de 40 mil empleados y la flota de 167 aviones de Qatar Airways resultan afectados por el cierre de su espacio aéreo.

Aislado, hoy el emirato solo recibe ingresos de sus energéticos pues siguen operando los gasoductos submarinos. Por tanto, la acción del CCG más que ruptura diplomática tiene claros tintes de bloqueo subraya Canales.