En sus orígenes, el cine mexicano sirvió a la defensa de la tradición

En sus orígenes, el cine mexicano sirvió a la defensa de la tradición
  • El personaje de la prostituta en el cine de finales del siglo XIX en México es la efigie de la decadencia social

El cine mexicano se convirtió en un medio para la crítica de la modernidad y la defensa de la tradición desde los primeros años de producción hasta la llamada Época de Oro, señaló el doctor Álvaro Vázquez Mantecón, profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Durante el Primer Coloquio Miradas Transdisciplinarias a la Cinematografía realizado en la Unidad Azcapotzalco, el historiador subrayó que el personaje de la prostituta en el cine, la literatura y la pintura de finales del siglo XIX y principios del XX en México es la efigie de la decadencia social y la representante de la corrupción citadina.

El académico apuntó que el proceso modernizador del Porfiriato despertó en la sociedad del país preocupaciones y recelos hacia las nuevas formas de convivencia dadas por la urbanización, ya que las libertades y las expectativas de la metrópoli constituían un atentado contra las tradiciones y las buenas costumbres.

En particular, “el rol de la mujer” inquietaba a las familias conservadoras, ya que el ambiente urbano exponía a las jóvenes a peligros ajenos al paradisiaco mundo rural que se perdía poco a poco y ahí, en los recovecos de las metrópolis, acechaban el deseo y la amoralidad, así como la ambición de trabajo y emancipación.

Federico Gamboa hace lo propio en Santa (1903), novela moralizante según las palabras del propio autor, en la que la protagonista es arrancada del idílico pueblo de Chimalistac por un amor que la burla; con el honor mancillado, no le queda otro camino que el burdel.

El doctor Vázquez Mantecón indica que tal retórica es heredada por el cine y, paradójicamente, un medio de comunicación masiva sale en defensa de la tradición frente a la llegada de la modernidad y lo hace con preeminencia sobre el rol femenino.

Es así que la narrativa cinematográfica sitúa a la mujer noble, de amor virginal, en la bucólica vida de campo, una suerte de paraíso sin pecado carnal, mientras que la mujer egoísta y codiciosa se desenvuelve en la ciudad y se caracteriza por el deseo irrefrenable.

En este tenor, la prostitución es la expresión máxima del deterioro social como consecuencia de la vida moderna y la prostituta es el personaje más recurrente en los primeros cincuenta años de cine mexicano, es decir, a través de este medio de comunicación, la sociedad se asoma afanosamente a aquello que sanciona con mayor crudeza.