Los trenes rigurosamente vigilados

Los trenes rigurosamente vigilados

SEXTANTE

Por: Costeau

El arte, cuando es sencillo pero bien hecho, suele alcanzar gran calidad estética y humanística, dijo el afamado escritor alemán Thomas Mann en una de sus grandes novelas. En mi modesta opinión, amigo lector, esto es muy cierto en todos los campos del arte, en el que hay obras que no han requerido mucha elaboración pero poseen alto contenido estético.

En la cinematografía mundial existen filmes de elevada calidad artística a pesar de que no cuentan con una compleja trama argumental, ni grandes actores y actrices, ni se ha invertido en ellas un presupuesto elevado, permitiendo el despliegue de recursos tecnológicos sofisticados y costosos. En 1966, el realizador checoeslovaco Jiri Menzel –hoy en día se considera solo checo– presentó su ópera prima: Los trenes rigurosamente vigilados, cinta llena de belleza y alto nivel estético. Incluso algunos críticos han señalado que por la forma simple y llana como discurre su historia está más cerca de los filmes documentales. Lo cierto es que el hecho de haberse realizado en blanco y negro le da la magia peculiar que muchas cintas de ese tipo conservan y que no tienen las películas filmadas a color que hoy avasallan el mercado mundial cinematográfico.

Los trenes rigurosamente vigilados fue rodada principalmente en la estación ferroviaria de Lodenice y otros escenarios naturales de lo que era Checoslovaquia y hoy es, ya separada Eslovaquia, la República Checa. El guion se basa en la novela homónima del escritor checo Bohumil Hrabal, quien ubica la historia en 1945, cuando los nazis sufrían la derrota en Europa (básicamente por cuenta de la Unión Soviética) y se replegaban hacia Alemania y el centro de este continente.

En la estación de ferrocarril de Kostomolaty, el joven Milos Hrma (Vaclav Neckár) se enrola como controlador ferroviario; su familia no tiene buena fama, pues su tatarabuelo, extambor del ejército, quedó tonto de una pedrada en la cabeza; su bisabuelo, pensionado, había muerto a manos de los trabajadores ferroviarios, de quienes se burlaba por ejecutar labores rudas; en la Primera Guerra Mundial, su abuelo intentó frenar con su poder hipnótico los tanques enemigos; y su padre había sido declarado no apto para el trabajo ferroviario, pues en un momento de locura se lanzó al caldero de una máquina en pleno movimiento.

Milos no ha heredado las debilidades mentales de sus ancestros, pero es tímido y padece de “eyaculación precoz”; a causa de este problema, fracasa en las relaciones con su novia e intenta suicidarse, cortándose las venas de las muñecas; Ladislav Hubicka (Josef Somr), albañil, lo encuentra exangüe en la bañera, lo salva de morir, le dice que ese problema es muy común y le aconseja tener relaciones sexuales con una mujer de más de 40 años, es decir, con experiencia, relación que se consuma con una activista nacionalista que lucha contra la invasión de los nazis, y que en alguna ocasión le encomienda la detonación de una bomba en un tren que transporta armamentos y municiones para el ejército hitleriano, lo cual ejecuta puntualmente. Ladislav es juzgado por las autoridades ferroviarias, pues la madre de una empleada lo acusa de abusar de su hija. Cuando la escandalizada madre de la chica se queja antes diversas autoridades de que Ladislav llenó con sellos las piernas y las posaderas de su hija, no advierte que ésta, al exhibir públicamente su cuerpo, es promotora de la procacidad y la lujuria.

El realizador Menzel logra mezclar comedia y drama de forma muy afortunada; varias de las secuencias del filme son de una belleza visual extraordinaria, en ellas se lanza una crítica mordaz contra las autoridades, la burocracia estatal, la gente, sus costumbres, etc. Los trenes rigurosamente vigilados es una cinta de excelente factura estética.