Francisco Ortega condena la traición de Iturbide

Francisco Ortega condena la traición de Iturbide

TRIBUNA POÉTICA
Tania Zapata Ortega

|Poeta y político independentista del Siglo XIX mexicano, Francisco Ortega (Ciudad de México, 13 de abril de 1793-11 de mayo de 1849) hace de la actividad literaria –que hubo de elegir sobre su interrumpida carrera de jurisprudencia–, un arma de combate contra el fallido Primer Imperio Mexicano, y el efímero reinado de Agustín de Iturbide, a quien fustiga en su conocido poema A Iturbide en su coronación, en cuya primera estrofa reprocha al prócer su debilidad frente a los aduladores que han tocado en él la sensible fibra de la ambición de poder.

¡Y pudiste prestar fácil oído
a falaz ambición, y el lauro eterno
que tu frente ciñera,
por la venda trocar que vil te ofrece
la lisonja rastrera
que pérfida y astuta te adormece!

Vestidas con la forma de la poesía heroica, sus ideas políticas se expresan con eficacia. La coronación de Agustín de Iturbide ha ocurrido ya en el momento en que Ortega traslada el hecho histórico al terreno literario, reinterpretando la realidad. El poeta llama al extraviado prohombre a recapacitar; le recuerda a los muertos en la Guerra de Independencia; invoca su rol en la historia y lo conmina a rechazar el cetro.

¡Sus! despierta y escucha los clamores
que en tu pro y del azteca infortunado
te dirige la gloria:
oye el hondo gemir del patriotismo,
oye a la fiel historia,
y retrocede ¡ay! del hondo abismo.
En el pecho magnánimo recoge
aquel aliento y generoso brío
que te lanzó atrevido
de Iguala a la inmortal heroica hazaña,
y un cetro aborrecido
arroja presto, que tu gloria empaña.

En las estrofas 4, 5 y 6 prosigue la enumeración de razones para rechazar la corona de México: la muchedumbre que hoy eleva a un caudillo mañana lo derribará; los héroes independentistas desaprueban el nacimiento de una nueva tiranía. Es inútil, cegado por la sed de poder, Iturbide se convertirá en el primer emperador de México, efímero reinado, pues ha comenzado a perder respaldo popular, como el poeta anuncia en la séptima estrofa:

¿No miras, ¡oh, caudillo deslumbrado,
ayer delicia del azteca libre
cuánto su confianza,
su amor y gratitud has ya perdido,
rota ¡ay! la alianza
con que debieras siempre estarle unido?
De puro y tierno amor, no cual solía
allegarse, veráslo ya a tu lado,
y el paternal consejo
de tus labios oír: mas zozobrante
temblar al sobrecejo
de tu faz imperiosa y arrogante.

El poeta apostrofa al nuevo emperador reclamándole que, rodeado de rastreros cortesanos, se haya apartado de la verdad, el bien y el patriotismo, traicionando a quienes en él confiaban para alcanzar el ideario independentista.

(…)
No así fueron los himnos que entonara
Tenoxtitlán cuando te abrió sus puertas;
y saludó risueña
al verte triunfador y enarbolando
la trigarante enseña,
seguido del leal patricio bando.
(…)
Ni esperes ya el clamor del inocente,
ni de la ley la majestad hollada,
ni el sagrado derecho
de la patria vengar: que el cortesano,
de ti en continuo acecho,
atará para el bien tu fuerte mano.

Esta aguda censura literaria contra el representante de una clase que había arrebatado los frutos de una revolución a sus verdaderos autores traspasa los siglos. El 18 de mayo de 1922, un grupo de militares proclamaron Emperador de México a Agustín de Iturbide, iniciándose con ello un nuevo capítulo de la lucha entre monárquicos y republicanos; a favor de estos últimos se pronuncia Francisco Ortega, quien fuera diputado al primer Congreso mexicano, diputado a la Legislatura de México (1831-1832) y miembro del Senado (1837-1838).

Tremendamente actual es el reflejo del sufrimiento del pueblo mexicano, hoy como entonces traicionado luego de haber depositado sus esperanzas en un prócer que, también esta vez, solo fingía ponerse del lado de las mayorías para hacerse con el poder absoluto… y si cabe alguna duda, basta recordar la última intentona presidencial para quitar facultades a dos de los Poderes de la Unión para ensanchar el del Ejecutivo.

La patria, en tanto, de dolor acerbo
y de males sin número oprimida,
en tus manos ansiosa
busca el almo pendón con que juraste
la libertad preciosa
que por un cetro aciago ya trocaste.

Y no la halla, y en mortal desmayo
su seno maternal desgarrar siente
por impías facciones;
y de desolación y angustia llena,
los nuevos eslabones
mira forjar de bárbara cadena.

¡Oh, cuánto de pesares y desgracias,
cuánto tiene de sustos e inquietudes,
de dolor y de llanto;
cuánto tiene de mengua y de mancilla,
de horror y luto cuánto
esa diadema que a tus ojos brilla!