Ataque de EE.UU contra la revolución cubana.

Ataque de EE.UU contra la revolución cubana.

Detrás de las protestas antigubernamentales contra el gobierno socialista de Cuba, se halla la estrategia de “golpe blandoˮ del gobierno de Estados Unidos (EE. UU.) que, en plena pandemia, intenta subvertir y generar el caos en una sociedad que sufre desabasto y cortes de energía a causa del bloqueo multidimensional que hace 60 años decretó el capricho imperialista de Washington.

Los estrategas de la potencia del norte piensan que llegó la hora de socavar la Revolución Cubana, pues hay un rebrote de la pandemia, faltan remesas y no hay turismo. Pero, ¡cuidado!: antes, 12 presidentes de EE. UU. fracasaron en ese mismo intento; y Joseph Robinette Biden, quien cree liderar una potencia unipolar, olvida que su país está fragmentado interiormente y ahora carece de prestigio en la geopolítica actual.

La historia confirma, en efecto, que 12 administraciones estadounidenses fallaron en su afán por “borrar del mapa” a un gobierno socialista y revolucionario situado a menos de 90 millas de distancia, pese a que ensayaron múltiples estrategias subversivas. Sin embargo, el plan maestro del actual presidente estadounidense es mantener intactas las super sanciones que Donald Trump agregó al genocida bloqueo y dirigir su aceitada campaña de falacias para sublevar a los afligidos cubanos para que, así, repudien a su gobierno.

Biden y sus consejeros de política exterior cometen el mismo error que sus antecesores. La experiencia acumulada en seis décadas de hostigamiento ha dotado de un aprendizaje invaluable al liderazgo político y a la población cubana. Solo levantando el bloqueo criminal podría abrir la vía de un cambio en el sistema político de La Isla.

Los artífices de la guerra de baja intensidad contra el gobierno cubano usan las plataformas virtuales para dispersar contenidos que falsifican la realidad. De este modo, manipulan a una sociedad cuyos abuelos y padres vieron surgir el bloqueo que asfixia a las nuevas generaciones por su endurecimiento.

Esta manipulación beneficia al actual presidente estadounidense que anhela reposicionar a su país como hegemón global. Por ello, Biden no dudó en lucrar políticamente con la situación cubana. Cínico, sostuvo que apoya a los manifestantes antigubernamentales en su “clamor por la libertad, tras décadas de represión y sufrimiento económico a los que han sido sometidos por el régimen autoritario de Cuba”.

A pesar del dolor que causan las sanciones unilaterales que su gobierno mantiene, Biden no mostró ninguna intención de levantar el bloqueo y se atrevió a pedir al gobierno cubano que “escuche a su gente y atienda sus necesidades”.

Sin razón, pura emoción

El natural hartazgo por las privaciones que impone el bloqueo comercial, económico-financiero y tecnológico en la vida cotidiana de adultos, jóvenes y niños cubanos, es la materia prima de la que se nutre el intento de “golpe blando” contra Cuba.

Así como en las revoluciones árabes, el golpe en Ucrania y en las guarimbas de Venezuela, se “manosean” vocablos como “libertad” y “democracia” en EE. UU., hoy los enemigos de la Revolución celebran los disturbios en ciudades cubanas. Su plan de inducir a la ocupación e involucrar al pueblo para infligir dolor a la propia sociedad está en marcha.

A través de WhatsApp, Facebook, Meet, Zoom, Instagram y otras redes, viaja rápidamente la incitación a subvertir el orden, a bloquear calles y se invoca a la intervención extranjera disfrazada de “ayuda humanitaria”. ¡En el único país de América Latina donde el acceso a la salud es universal! Los clicks se multiplican sin analizar cuál es el alcance de esas acciones que rayan en la violencia, ni conocer siquiera a los autores intelectuales de los mensajes ni contrastar la veracidad de los hechos que se describen.

Ignorantes de que son usados en una estrategia diseñada hace décadas para destruir a la Revolución Cubana como alternativa política, la heterogénea oposición repite lemas e imita formas de protesta aprendidas en cursos y talleres impartidos por instructores en guerra psicológica.

La esquizoide conducta de los manifestantes del pasado 11 de julio, convocados a control remoto desde el exterior por redes sociales, en vez de exigir a gritos el fin de 60 años de bloqueo que los priva de bienes básicos, productos culturales y científico-técnicos, clamaron “¡Abajo la dictadura!”.

Es obvio que no mentían al vocear “¡Ya no aguantamos más!”, aunque se equivocaron de destinatario: el huésped de la Casa Blanca de la Avenida Pennsylvania NW en Washington DC, Robert Robinette Biden, es el responsable de su diaria precariedad. ¡Y él lo sabe! Sin embargo, el adoctrinamiento que reciben jóvenes cubanos por la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID) y la Fundación para la Democracia (NED) proviene de manuales de contrainsurgencia del Departamento de Defensa (Pentágono) y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), los cuales se usan para intervenir en países del tercer mundo.

Nada de la ayuda estadounidense es inocente. Su estrategia de guerra psicológica contemporánea pretende sorprender al enemigo (el gobierno de la Revolución Cubana), paralizarlo y reducir sus posibilidades de éxito hasta derrotarlo, antes de que entre en combate, explican la psiquiatra Lluba Peña y la académica Ludmila Casas.

Un caso reciente de la distorsión informativa se produjo una tarde veraniega de 2020, cuando se divulgó un listado de actividades que retornaban gradualmente a la normalidad y que explicaría el gobierno un día después. Los ciudadanos celebraron la noticia. De pronto, de teléfono en teléfono se propagó una falsa lista de medidas restrictivas que confundió y molestó a quienes, acríticamente, la creyeron. Los autores tuvieron éxito al crear un fuerte impacto emocional en quienes no buscaron la fuente original, ni contrastaron esa información.

Hoy, la etapa de guerra no convencional en Cuba es político-estratégica y evolucionó de una dinámica de desinformación contra la información, a una de emotividad contra racionalidad. La mentira política se aprovecha de la inocencia de un sector en la sociedad para disfrazar su intención. En Cuba se expande a través de las capas más bajas y sin conciencia de clase, explica la experta en lumpenproletariado, María Luisa Moreno.

Esta manipulación pretende derrocar gobiernos ajenos al interés de EE. UU. y su victoria no es solo militar, sino más efectiva porque aniquila a la fuerza política y moral del enemigo, afirma el profesor del Instituto de Investigaciones Económicas (IIE) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Francisco Pineda.

En Cuba, los usuarios digitales se segmentan por zonas identificadas claramente por los estrategas de la guerra sucia. Ellos saben qué asuntos impactan en qué sectores y se auxilian de youtubers “críticos” para secuestrar causas sociales y agendas como igualdad de género, racismo y libertad de prensa.

Oposición y manipulación

El Artículo 56º de la nueva Constitución de Cuba establece que el Estado reconoce los derechos de reunión, manifestación y asociación con fines lícitos y pacíficos. Además, la historia recoge múltiples ciclos de diálogo entre instancias gubernamentales y grupos de la disidencia con logros significativos. La cubana es una oposición que nació patrocinada por el exterior y en favor de intereses del hegemón. No es un cuerpo organizado ni homogéneo; entre sus miembros hay personas de izquierda que proponen cambios congruentes y otros que todo repudian a voluntad de sus patrocinadores.

Un análisis de su perfil en redes sociales revela, por ejemplo, que el 63 por ciento de los representantes del movimiento de “artistas” del grupo llamado 27N, tiene menos de 35 años; casi la mitad son mujeres y el 83 por ciento son blancos oriundos de La Habana y el resto en Camagüey, Villaclara, Cienfuegos, Holguín, Pinar del Río e Isla de la Juventud.

La mayoría de estos integrantes han sido o son editores de revistas y casas editoriales vinculadas al Ministerio de Cultura e instituciones del Estado. Una minoría ha organizado espectáculos musicales y grupos literarios alternativos que operaron sin límites durante años, recuerda el analista Rafael Rodríguez en su minucioso estudio.

El viceministro de Cultura atendió sus peticiones, los reconoció como interlocutores y mantuvo un canal de diálogo en busca de consensos, que no se lograron por posiciones inadmisibles como la exigencia de que asistieran el presidente del país y el ministro del Interior.

Documentos de EE. UU. confirman que bajo distintas fachadas, los jóvenes cubanos de poco nivel educativo están en el centro de las organizaciones que ponen en práctica planes para subvertir a Cuba, reveló el Canal Caribe el pasado tres de mayo. Entre ellos figuran la agrupación Iniciativa Cubana para la Innovación Social y Cultural (InCuba), que ofrece atractivas becas económicas para capacitarse en Colombia sobre comunicación y monitoreo.

Con la propuesta de crear medios digitales, se les capacita para transmitir contenidos antisocialistas, financiados por la NED. Es significativo que una de sus coordinadoras sea Anamely Ramos, quien instiga, en redes sociales, a la desobediencia civil y que en noviembre fue parte de la falsa huelga de hambre entre opositores.

Antídoto: la transparencia

El adversario que hoy enfrenta la Revolución Cubana es un sistema de desinformación cada vez más sofisticado, usado en la guerra de baja intensidad y las operaciones psicológicas, como anticipó Howard Frederick durante la Guerra Fría. Y aunque sus instigadores solo ofrecen un modelo neoliberal de corrupción, privatización del sistema sanitario y educativo, la mentira fluye si no hay análisis. Fue así como la guerra político-estratégica contra Cuba pasó de ser una dinámica de desinformación contra la información, a una de emotividad contra la racionalidad.

Ahí se inserta la crítica de la oposición contra el gobierno cubano por su “pésima” gestión de la pandemia y su clamor por una “intervención humanitaria”. Esta campaña desinformadora es emotivamente impactante, como las supuestas muertes por Covid-19 sin auxilio médico.

Es innegable que hoy la situación de La Isla es la más compleja desde que inició la pandemia, pero no llega al nivel que desearían sus adversarios políticos. El 12 de julio, los contagios confirmados llegaron a 218 mil 39 y a 21 mil 91 los activos; 195 mil 818 recuperados y mil 431 fallecidos, el 0.01 por ciento de su población, según el Instituto de Medicina Johns Hopkins.

El contraste de las cifras reales con el escándalo de la disidencia financiada revela que la mentira busca hacer daño. En el mundo han fallecido cuatro millones de personas por Covid-19; EE. UU. es el país con más de 606 mil decesos (el 0.18 por ciento de su población); le siguen Brasil con 528 mil 500 (el 0.24 por ciento de su población) y Perú, con 193 mil (el 0.58 por ciento de su población).

Esta información no es reportada por la prensa corporativa en Cuba. Tampoco es noticia que el presidente y los ministros hoy están en las provincias más golpeadas por el virus, que despliegan brigadas de médicos y que organizan envíos de productos agrícolas de otras provincias para ayudar a la población.

Sí hay control pese al bloqueo, que se recrudeció en esta emergencia sanitaria, hay plena gobernabilidad en el Estado cubano y su gobierno. Hoy, pese a las críticas contra el liderazgo de la isla, a quien acusan de mantener un discurso único y que no admite cuestionamientos, la apertura es real. Hace meses que el ministro de Energía y Minas, Liván Arronte Cruz, explicó, en cadena nacional y por Twitter, la razón de los cortes eléctricos: la falta de refacciones y de combustible porque el bloqueo obstaculiza la operación de las termoeléctricas.

Un día después de la manifestación opositora, el presidente Díaz-Canel y su gabinete rindieron cuentas a los ciudadanos al comparecer en vivo por televisión y radio en cadena nacional. El mandatario denunció la histórica desestabilización política procedente de la Casa Blanca y subrayó el gesto criminal por intensificarla durante la emergencia sanitaria.

Consciente de la previsible escalada de violencia de la oposición financiada desde EE. UU., Díaz-Canel concluyó: “No vamos a entregar la soberanía ni la independencia del pueblo ni la libertad de esta nación”.