¿Por qué luchamos?

¿Por qué luchamos?

Nuestra idea, por ser todavía más peligrosa para el sistema en turno no sólo reclama sacrificios personales, reclama una entrega absoluta, a sabiendas de que no debemos jamás esperar consideración y clemencia de nuestros enemigos.

Abentofail Pérez Orona

Marchamos, bregamos contra la tormenta con el espíritu henchido y de cara el sol. No nos acongoja la calumnia y “a pesar de que el mundo nos entristece, volvemos a confiar en él cada mañana”. ¿Por qué, después de las falsedades, las mentiras y la persecución sin piedad que ha sufrido nuestra lucha seguimos tan fuertes y de pie? La respuesta radica en contestarse correctamente esta pregunta: ¿por qué luchamos?

Una de las debilidades de nuestros enemigos es precisamente confundir la causa de nuestra lucha. Torpemente utilizan una supuesta “enemistad” con el gobierno en turno, ya sea local, estatal o federal, para ensañarse con nosotros; para ellos sólo existe el momento, no saben ver más allá de lo evidente y caen en la hipótesis que implica efectos sin causas. No conocen de principios, no saben de ideales y al considerar que somos como ellos, nos miden con su mismo rasero. Es inconcebible para estos que pueda el hombre sacrificarse por intereses ajenos a los suyos; que deje la vida sin esperar una recompensa material; que no use su fuerza e inteligencia para venderse al mejor postor sino para ponerla al servicio de los que la necesitan. Por eso confunden nuestras exigencias en momentos particulares con la verdadera razón de nuestra existencia. ¿Es que a los antorchistas nos importa el nombre, el ropaje, la vileza o ignorancia del presidente en turno? ¿Afecta en algo realmente la esencia de nuestro trabajo que los partidos en el poder, se llamen como se llamen, utilicen al peón conveniente que la situación exige? ¿Es que más allá del cambio de forma que implica, existe alguna diferencia sustancial en las gestas políticas que hemos llevado a cabo frente a un Fox, un Peña Nieto, un Calderón o un Obrador? Nunca, sabedlo bien, ha importado quién vista la toga del gobierno, porque el individuo, por muy grande o insignificante que sea, está muy lejos de alcanzar la altura de la razón de ser del movimiento antorchista.

¿Qué pretende Antorcha con su lucha? Acabar con el sistema injusto, desigual y destructivo que predomina en México y en el mundo entero. El verdadero enemigo de Antorcha es el Capitalismo, raíz de todos los males de nuestra época. Pero para acabar con el Capitalismo hay que enfrentarlo en su forma actual, el neoliberalismo, fase degradante del capital que no sólo implica la desaparición de la libre competencia, sino justifica la existencia de los monopolios, es decir, la acumulación de la riqueza cada vez en menos manos y de la pobreza en millones de hombres; así como la expulsión del Estado en la organización económica, exigiendo la privatización de todas las ramas de la producción, incluso aquellas que brindan los servicios elementales de sobrevivencia en una sociedad, como la educación y la salud. Esta forma del capital es la causa de la desigualdad actual, el neoliberalismo, sin embargo, necesita también de su contradicción. Todo fenómeno al nacer engendra a su contrario y es su lucha la que define la aparición de una forma superior. En ese sentido Antorcha nace como una necesidad, engendrada por las condiciones actuales de producción y de vida en nuestro país. Surge como antagonista de la desigualdad y, en ese sentido, su tarea inmediata radica en la toma del poder político para comenzar, desde ahí, a disminuir los terroríficos efectos que la injusta repartición de la riqueza, provoca en el pueblo.

Ahora bien, para tomar el poder político se necesita aceptar las reglas que el sistema impone. Competir en elecciones fraudulentas que han dictado sentencia de muerte a la democracia, reconociendo que no gana el más justo o el mejor hombre, sino el que más invierta o a quien el Estado vea como el títere adecuado para ocupar el poder. Al mismo tiempo, y porque nuestra lucha es medio y fin al mismo tiempo, en el arduo camino de alcanzar el poder bajo la permanente embestida del enemigo de clase, buscamos hacer que nuestro pueblo sufra menos, que mientras la lucha continúe no tenga que enfrentarse a ella desde la inanición y el sufrimiento; por ello peleamos por mejores condiciones de vida inmediatas: agua, luz, drenaje, alimento, subsidios, etc. En la medida en que las condiciones materiales deterioren menos la vida de un pueblo, éste va a encontrarse en mejor situación de asimilar la necesidad del cambio. Por ello, si hoy el gobierno en turno, insignificante liliputiense frente al coloso antorchista, se niega a resolverle al pueblo sus demandas más sentidas; se alía con sus enemigos aparentes para, por medio de fraudes descarados y alianzas de clase con otros partidos arrebatarle al antorchismo triunfos electorales conseguidos a través un incansable trabajo de educación y concientización del pueblo; si hoy cree que esas miserabales artimañas detendrán al pueblo organizado y acabarán con su existencia; se equivoca, la idea que define nuestra existencia no es subjetiva, la historia parió a quienes se encargarían de orientarla por el camino de la revolución y, así como la historia hace a los hombres que necesita cuando la realidad lo requiere, así también los hombres tienen, en la medida en que se reconocen en esta idea, que encargarse de cumplir con el deber que la realidad les reclama.

Pero defender una idea, una vez que se ha asimilado hasta la médula, no es siempre sencillo, requiere un esfuerzo y un sacrificio a veces hasta de nuestro propio ser. En palabras de Ernest Renan: “Toda idea necesita de sacrificios para triunfar, nunca se sale inmaculado de la lucha por la vida. Concebir el bien, en efecto, no basta; hay que hacerlo triunfar entre los hombres”. Nuestra idea, por ser todavía más peligrosa para el sistema en turno no sólo reclama sacrificios personales, reclama una entrega absoluta, a sabiendas de que no debemos jamás esperar consideración y clemencia de nuestros enemigos. Lenin enfatiza el planteamiento de Renan en lo que a nuestra idea respecta: “¿Creéis que el camino de la revolución está sembrado de rosas? ¿Que no hay más que marchar de victoria en victoria al son de la Internacional y con las banderas al viento? Así sería fácil ser revolucionario. No, la revolución no es una partida de placer. No, el camino de la revolución está cubierto de zarzas y espinas. Aferrándonos al suelo que se nos escapa, con nuestras uñas y nuestros dientes, arrastrándonos, si es necesario cubiertos de lodo, debemos marchar, a través del fango, hacia adelante, hacia el comunismo, y saldremos vencedores de la prueba”.

Nuestra idea triunfará porque es la única que puede garantizar a la humanidad continuar con vida. Pero no triunfará sola, triunfará porque hombres y mujeres conscientes la hicieron suya y la tendrán que llevar hasta sus últimas consecuencias. Que habrá obstáculos y momentos críticos, enemigos encubiertos como el que hoy ocupa palacio nacional y nos persigue con su arrogante creencia de hacernos desaparecer, es un hecho. Que intentarán sabotear nuestros logros como en este momento el esbirro del esbirro, Miguel Barbosa, intenta hacer en Puebla arrebatándole al pueblo de Huitzilan y Ocoyucan dos triunfos electorales contundentes, hay que darlo por sentado. Pero nada, incluso las artimañas más viles que por espacio no menciono acá, podrán jamás detener nuestra idea. Nuestra misión es mucho más grande que lo que la aparente realidad nos presenta. Nuestro deber es no dejar caer la bandera en ninguna circunstancia; todo lo contrario, cuando alguien desfallezca, estar ahí, con la idea bien clara para reforzar a los dubitativos; cuando el poder arrecie su vileza, mantener la frente en alto y sacar a relucir la convicción, esa que nos hace saber que nuestro enemigo es mucho mayor que sus formas execrables, las mismas que se esconden tras las paredes de los palacios de gobierno, pero que es vencible. Por más lodo que nuestra causa reciba, su victoria es segura, sólo si nosotros, los antorchistas, estamos dispuestos y capacitados conscientemente para ejecutar las necesidades que la historia demanda. Hay que cumplir pues, siguiendo al poeta, con “el alto heroísmo de vivir”.