El grito infantil que nadie oye en la 4T

El grito infantil que nadie oye en la 4T

A lo que nos referimos (…) es a millones de niños pobres y marginados que se ven lanzados prematuramente a actividades laborales, muchas de ellas agotadores e incluso delictivas, que cancelan para siempre sus estudios y cualquier otro tipo de formación integral.

Homero Aguirre Enríquez

El trabajo infantil aumenta en el mundo, revela el informe “Trabajo infantil: estimaciones mundiales 2020, tendencias y el camino a seguir”, elaborado por la Organización Internacional del Trabajo, que calcula una cifra mayor a los 160 millones de niños que se ven obligados a trabajar en lo que sea para sobrevivir, cifra que ha aumentado aceleradamente durante la pandemia. Esto ocurre en el año dedicado internacionalmente a la erradicación del trabajo infantil. 

En nuestro país, con todo y “cuarta transformación”, oficialmente hay 3.3 millones de niñas y niños que deben trabajar como si fueran adultos, según el INEGI; cifra a la que, en este año, se incorporarán otros 210 mil pequeños, como efecto de los problemas generados durante la pandemia y no atendidos por el gobierno mexicano, uno de los que peor han respondido a esta emergencia sanitaria y laboral. Seguramente estas cifras son mucho mayores, puesto que sólo se refieren a las detectadas en inspecciones, hechas con muy poco personal, en los sectores de la economía formal, y no registran miles de casos que se dan en el sector informal, referentes a niños que trabajan en el comercio ambulante, en el transporte público, o que son boleros, taqueros, mensajeros, limpiadores de parabrisas y trabajadores en muchos otros sectores informales, además de los que son reclutados como mensajeros, productores o transportadores de droga y otras actividades en organizaciones delictivas, así como las niñas que son víctimas de la trata de personas para hundirlas en la prostitución. Una tragedia que debiera despertar oleadas de indignación y acciones gubernamentales para remediarla, pero que los gobiernos dejan pasar como si nada ocurriera o es escondida entre espesas capas de demagogia.

Obviamente, cuando hablamos de trabajo infantil no estamos refiriéndonos a las actividades, proporcionales a su edad, realizadas durante pocas horas y sin afectar su formación académica que pudieran realizar los niños y jóvenes con el objetivo de formar un saludable equilibrio entre la actividad académica y el trabajo físico, en que ambos se complementen y generen actitudes vocacionales y de respeto hacia el trabajo intelectual y el trabajo manual complementados con el deporte, o sea, de eso que Marx llamó “la educación del porvenir, en la que se combinará para todos los chicos a partir de cierta edad, el trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, no sólo como método para intensificar la producción, sino también como el único método que permite producir hombres plenamente desarrollados”.

A lo que nos referimos, y denunciamos como una grave consecuencia de la mala repartición de la riqueza y de las desiguales oportunidades de progreso en el capitalismo rapaz, es a millones de niños pobres y marginados que se ven lanzados prematuramente a actividades laborales, muchas de ellas agotadores e incluso delictivas, que cancelan para siempre sus estudios y cualquier otro tipo de formación integral. Dicho en palabras del “Reporte Anual 2020 sobre las Peores Formas de Trabajo Infantil”, elaborado por el Departamento del Trabajo estadounidense, “Hay menores en México que son sometidos a las peores formas de trabajo infantil, entre ellas la explotación sexual con fines comerciales, a veces como consecuencia de la trata de personas, y a actividades ilícitas, como la producción y el tráfico de drogas. Los niños también realizan tareas peligrosas en la agricultura, entre otras, en la producción de chile, café, caña de azúcar y tomates.  Los datos de la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI 2019), financiada por el Departamento de Trabajo de los EE. UU., revelan que 3,1 millones de niños de entre 5 y 17 años realizan trabajo infantil, como tareas domésticas peligrosas. También indican que el 52% de los niños trabajadores realizan trabajos peligrosos y el 25% de los niños trabajadores no asisten a la escuela. Por otra parte, la ENTI 2019 muestra que el trabajo infantil ocurre principalmente en los estados centrales de Puebla y Michoacán, y los estados sureños de Oaxaca y Chiapas.

El gobierno de México no ha sido capaz ni siquiera de registrar cabalmente el número de niños que han sido lanzados a la trituradora de la explotación laboral o han sido absorbidos por la delincuencia; mucho menos tiene una política para resolver un problema que tiene sus raíces en los bajos salarios y en general en la mala distribución de la riqueza nacional, que obliga a las familias a resignarse a que sus hijos dejen la escuela y se pongan a trabajar en las condiciones antes dichas. En este sentido, el último reporte arriba citado es contundente: “ A partir de 2019, el Gobierno de México ha puesto en marcha medidas de austeridad que han dejado a numerosas secretarías y entidades tanto a nivel federal como estatal sin el personal, experiencia y liderazgo necesarios para desempeñar funciones de gobierno fundamentales, tales como el establecimiento y adopción de políticas y programas relativos a las peores formas de trabajo infantil y la aplicación de las leyes conexas”. ¿Qué respondió a esto el gobierno de Andrés Manuel López Obrador? ¿Acaso reconoció la tragedia y propuso medidas enérgicas y audaces que salven a millones de niños mexicanos? No respondió ni propuso nada, sólo emitió un boletín donde afirmó que el Departamento de Estado de Estados Unidos “resalta avances de México en combate al trabajo infantil”. Mayor cinismo, imposible.

Cabe entonces preguntarse quién va a resolver este problema que involucra millones de vidas infantiles marchitadas y torcidas prematuramente por el exceso de trabajo y la ausencia de educación y cultura. Y la respuesta no puede ser más que la que encuentre el propio pueblo organizado y educado para llegar al poder y llevar otra política económica que ponga un alto al sacrificio de los niños y los forme como seres humanos integrales. A esto se refiere el estremecedor poema de Miguel Hernández, que contiene la pregunta y la repuesta al aniquilamiento de los niños en los campos de barbecho:

“¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros”.