México y sus fuerzas armadas

México y sus fuerzas armadas

El pueblo quiere, admira y respeta al Ejército, a su Ejército, porque sabe o intuye su alta y noble misión y la abnegación y entrega con que la cumple. Pero, si por hacer funciones de policía, ahora lo ve golpeando, esposando, disparando contra civiles; y como empresario, ve o sabe de su enriquecimiento ilícito y su corrupción, perderá, al mismo tiempo su capacidad de combate y el prestigio y el apoyo del pueblo.

Aquiles Córdova Morán

Hay amplia desaprobación y hasta cierta alarma en los estratos mejor informados de la opinión pública por el rumbo que el presidente López Obrador está imprimiendo al Ejército mexicano y, de rechazo, a la economía nacional. Los reporteros Antonio Baranda y Claudia Guerrero, en nota del 5 de noviembre en el diario REFORMA y titulada Formará AMLO empresa ¡militar!, dicen: “El Gobierno federal construirá una empresa militar para administrar proyectos de infraestructura estratégicos, porque no confía en la administración de civiles. El Tren Maya, los aeropuertos «Felipe Ángeles», construido por elementos castrenses, y los de Palenque, Chetumal y Tulum, serán parte de la empresa manejada por la Secretaría de la Defensa Nacional, informó ayer el Presidente Andrés Manuel López Obrador”. Renglones adelante, agregan: “Además, el corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, que incluye un complejo de parques industriales, ramales y los puertos de Coatzacoalcos y Salina Cruz, estarán bajo custodia de la Secretaría de Marina, añadió el mandatario”.

Como vemos, la preocupación de la opinión pública no es gratuita y las razones que esgrime el Presidente no ofrecen duda: “«Si estos bienes se los dejamos a Fonatur o a la Secretaría de Comunicaciones no aguantan ni la primera embestida. Acuérdense de lo que hicieron con Fonatur, que vendían terrenos a siete pesos el metro cuadrado en zona turística; ni lo que cuesta un metro cuadrado de alfombra, y así remataron todo», justificó ayer el Presidente en su conferencia matutina”. Además aseguró: “Esto (es decir, la entrega a los militares) nos va a garantizar que no se privaticen esas obras, nos garantiza también buena administración y nos garantiza seguridad en todo lo que es el sureste, el Istmo y el sureste, tanto con Marina como con la Sedena”.

Tales aseveraciones son caprichosas y sin fundamento y algunas se contradicen frontalmente con declaraciones anteriores del propio Presidente. Por ejemplo, ¿cómo demuestra que los miembros del Ejército y la Marina son automática y absolutamente incorruptibles, es decir, solo por ser militares? ¿Vienen acaso de otro planeta? Si hasta ahora ha sido así (lo que tendría que probarse), tal vez se explique porque no han tenido ocasión de corromperse (no olvidar que la sabiduría popular dice: “la ocasión hace al ladrón”); pero, ¿podemos estar seguros de que todo seguirá igual cuando tengan en sus manos dinero y poder ilimitados? Y, ¿de dónde nace el temor a la privatización y al remate de bienes públicos en el futuro? ¿No habíamos quedado en que eso solo ocurre bajo un régimen neoliberal, un modelo corrupto y depredador que, por órdenes del Presidente, ya está bien muerto y enterrado? ¿Es que el neoliberalismo, como el Cid Campeador, sigue provocando pánico a sus enemigos aun después de muerto? ¿Y qué  con PEMEX y la CFE? ¿Se pondrán también bajo administración militar o sus actuales y futuros jefes civiles fueron blindados contra la corrupción al nacer, como Tetis blindó a Aquiles en las aguas de la Estigia?

Por lo que a mí respecta, no es el giro empresarial de las fuerzas armadas lo que me preocupa y atemoriza. Creo que el problema es saber si México necesita, o no, un Ejército moderno, profesional, bien entrenado, armado y pertrechado, física e intelectualmente, para cumplir con eficacia la grave responsabilidad de preservar y defender la integridad territorial, independencia y soberanía de la nación. Si la respuesta fuere NO, la pregunta siguiente sería por qué o para qué se mantiene un cuerpo armado tan oneroso, en vez de invertir esos recursos en combatir la  desigualdad, la pobreza y todos los males que de ambas se derivan. ¿Solo para tener un cuerpo de constructores y administradores eficientes e incorruptibles? ¿Para qué sirve, entonces, el gigantesco aparato burocrático del Estado, que también insume cuantiosos recursos? Si la respuesta fuere SÍ, entonces tendríamos que preguntarnos si la política obradorista debilita o refuerza la calidad de nuestras Fuerzas Armadas.

Sé que muchos piensan que el nacionalismo es una reliquia inservible que, además, se opone a la globalización, el libre mercado y el progreso acelerado de todos los pueblos; que, en consecuencia, los ejércitos nacionales salen sobrando en un mundo sin fronteras.  Sin embargo, la realidad mundial dice otra cosa. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la legislación internacional que la sustenta y le da razón de ser, se fundan en el respeto a la integridad territorial, la independencia, la soberanía y la no intervención en los asuntos internos de cada uno de sus países miembros. Su insistente llamado a la solución pacífica de los conflictos internacionales busca preservar la paz, es decir, perpetuar el estatus mundial actual, que se funda en la existencia de países independientes y soberanos. Por otro lado, no existe ejemplo de un país que trabaje, produzca, investigue, genere nuevas y más avanzadas tecnologías para el bienestar de los países más pobres y rezagados; todos lo hacen por su propia gente, pensando en sus propios ciudadanos y sus propios intereses. El mejor ejemplo son los EE. UU.: ¡Hagamos a América grande otra vez! era el grito de guerra de Trump.

La globalización, que exige la supresión de las fronteras nacionales (y que no es más que la nueva cara del imperialismo que, igual que antes, busca dominar al mundo por medios más “civilizados”) requiere de la absoluta homogeneidad social, política, económica y cultural de los pueblos. De ahí el empeño norteamericano por imponernos su “american way of life”. La reacción no se ha hecho esperar: cada día se refuerza más la tesis de la diversidad irreductible de los distintos pueblos y culturas; el derecho inalienable de cada país a disponer de su territorio y de sus recursos; a construir su futuro con total independencia, sin otra influencia exterior que la que su pueblo necesite, basado en su propia historia, su propia cultura y la idiosincrasia determinada por ambos factores. El nacionalismo está de vuelta y ha devenido en poderoso freno al dominio y la imposición del modelo imperialista (ejemplos: China y Rusia). De ahí las guerras contra las naciones débiles y los intentos de nueva “guerra fría”; de ahí también la necesidad de un ejército nacional moderno, numeroso, bien entrenado y mejor armado. (Hay que aclarar que esto no significa oponerse al libre mercado, al que cada país acceda con los productos que le aconsejen sus ventajas comparativas).

Por estas razones, creo que destruir o debilitar y desmontar paulatinamente nuestro Ejército es, más que un grave error, un suicidio cometido a las puertas del imperialismo más poderoso y expansionista de la historia. La política que está siguiendo el presidente López Obrador marcha, con o sin intención, en este sentido ¿Por qué? Porque con tantas y tan abrumadoras tareas ajenas a su función esencial, hace imposible su entrenamiento permanente, su preparación constante, y su actualización y modernización teórica y práctica. Y nada degrada y descompone más a un ejército que la inactividad, la inmovilidad, la falta de entrenamiento físico, de ensayo continuo en el manejo de las armas y de la estrategia y la táctica de guerra.

Para demostrarlo, me valdré de una elocuente descripción del entrenamiento de las legiones romanas, tomada de la Decadencia y Ruina del Imperio Romano del historiador británico Edward Gibbon, con disculpas anticipadas por lo extenso de la cita. “Estaban los Romanos tan persuadidos de la inutilidad del valor sin el requisito de la maestría práctica, que una hueste se apellidaba con la voz que significa ejercicio (en efecto, Cicerón, en sus «Disputas Tusculanas», dice que la palabra Ejército se deriva de ejercicio), y los ejercicios militares eran el objeto incesante y principal de su disciplina. Instruíanse mañana y tarde los bisoños y ni la edad ni la destreza dispensaban a los veteranos de la repetición diaria de cuanto ya tenían cabalmente aprendido. Labrábanse en los invernaderos (es decir, en los cuarteles de invierno) tinglados (techados) anchurosos para que su tarea importante siguiese, sin menoscabo ni la menor interrupción, en medio de temporales y aguaceros (…). Se ejercitaban no solo en “…cuanto podía robustecer el cuerpo, agilitar (sic) los miembros y agraciar los movimientos. Habilitábase colmadamente el soldado en marchar, correr, brincar, nadar, portar cargas enormes, manejar todo género de armas apropiadas al ataque y a la defensa, ya en refriegas desviadas (diferidas) ya en las inmediatas, en desempeñar varias evoluciones y moverse al eco de la flauta en la danza pírrica o marcial. Familiarizábase la tropa romana en medio de la paz con los afanes de la guerra; y expresa acertadamente un historiador antiguo (…), que el derramamiento de sangre era la única circunstancia que diferenciaba un campo de batalla de un paraje de ejercicio”. Es decir, solo la sangre viva hacía falta para que la práctica de las legiones romanas fuera una guerra verdadera. Esto explica la grandeza y poderío del Imperio Romano.   

En cambio, en México, “Los militares y marinos han recibido distintas encomiendas como la operación de aduanas, combate al huachicol, participación en brigadas anticovid y distribución de vacunas, construcción de instalaciones clave y reparto de enseres en zonas de damnificados” (misma nota de REFORMA, 5 de nov.). ¿No es obvio que vamos hacia la ruina de nuestras Fuerzas Armadas? El pueblo quiere, admira y respeta al Ejército, a su Ejército, porque sabe o intuye su alta y noble misión y la abnegación y entrega con que la cumple. Pero, si por hacer funciones de policía, ahora lo ve golpeando, esposando, disparando contra civiles; y como empresario, ve o sabe de su enriquecimiento ilícito y su corrupción, perderá, al mismo tiempo su capacidad de combate y el prestigio y el apoyo del pueblo. ¿Hace falta algo más para garantizar su destrucción?