¡Assange! Porque callar es morir

¡Assange! Porque callar es morir

«Cumbre de la Democracia»

Manuel Pérez

El atropello de los Estados Unidos contra el periodista Julian Assange es una advertencia que todos los periodistas y luchadores sociales debemos tomar como ejemplo y advertencia viva de los riesgos de enfrentarnos a los intereses de los poderosos.

El viernes pasado, precisamente en el Día de los Derechos Humanos, el Tribunal Superior de Justicia de Londres aprobó la extradición a Estados Unidos al fundador de WikiLeaks, Julian Assange. Es una amarga ironía que esto sucede en la fecha antes mencionada y el mismo día en que dos periodistas son honrados con el Premio Nobel de la Paz en Oslo y en el segundo día de la «Cumbre de la Democracia», organizada por el presidente estadounidense, Joe Biden. Una serie de escalofriantes ironías.

El secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, destacó en la «Cumbre de la Democracia» el «papel imprescindible» de los medios de comunicación para informar a la opinión pública y pedir cuentas a los Gobiernos. «Estados Unidos seguirá defendiendo el valeroso y necesario trabajo de los periodistas en todo el mundo», dijo. Estados Unidos está dispuesto a destinar más de 400 millones de dólares al fortalecimiento de medios de comunicación independientes en diversas partes del globo. Pero en los hechos, el comportamiento norteamericano contrasta mucho con la posición antes mencionada.

Julian Assange, ha sido amenazado por la “democracia más grande del mundo” con hasta 175 años de cárcel por supuesto espionaje, sobre todo, y sobretodo por la publicación de documentos secretos de las guerras en Irak y Afganistán donde se exhibieron algunas prácticas que exhiben crímenes de guerra estadounidenses por los que hasta el momento nadie ha sido juzgado.

Para los altos mandos estadounidenses la libertad de expresión es una garantía inviolable y un valor imprescindible, a menos que este se use para exhibir los crímenes humanitarios que han cometido. La doble moral norteamericana queda aún más de relieve cuando nos damos cuenta que es justo con estos mismos argumentos con los que acusa a otras naciones como dictaduras.

La democracia norteamericana pretende mandar un mensaje claro y contundente al concretar las acusaciones y la persecución contra Assange, pues no le importa si debe de pasar por encima de la voluntad popular e imponer gobiernos a modo para cumplir sus objetivos y perseguir a sus enemigos. La potencia más grande del mundo puede y lo hará.

Pero en ese sentido, la labor de todos los periodistas comprometidos con la verdad y la justicia social debe ser el pronunciarse en contra de los atropellos que la nación más grande del mundo pretende hacer contra su enemigo número uno, pues si hoy no levantamos la voz, mañana nosotros podríamos ser los pisoteados.

Esa es la intención de los poderosos, hacer uso de su maquinaria mediatica y legal para someter a los disidentes a sus ideas, aplica en toda la extensión de la palabra en el caso de Assange, pero también esta situación toca a nuestra puerta en México, donde nuestro país se coloca como el más peligroso para la prensa y para ejercer el periodismo, según datos de Reporteros Sin Fronteras. En México se han asesinado a 66 periodistas en los últimos cinco años, y nuestro país se ubica por delante de países como Afganistán, Yemen e India.

A este clima de riesgo para los comunicadores se suma el ataque diario desde la tribuna matutina de Palacio Nacional, donde no pasa ni un día desde el cual no solo se agreda y violente el ejercicio periodístico de miles de profesionales de la información, sino que se hace una deformación en el ejercicio del poder, donde la verdad se amolda a interés de los de siempre. Un caso similar es el que se pretende hacer contra lideres sociales como Dimas Romero Gonzalez en Oaxaca o el Ing. Samuel Aguirre Ochoa en Veracruz. No nos conviene mantenernos en silencio ante esta serie de embestidas por parte del poder contra el periodismo y el activismo social. Quedarnos callados ante tales atropellos no es más que firmar nuestra sentencia de muerte. Queda en nosotros.