El juego a tres bandas de Donald J. Trump

El juego a tres bandas de Donald J. Trump

Nydia Egremy

Al atacar el aeropuerto sirio de Sha’irat, el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, obtuvo tres logros estratégicos: la adhesión de países antes confrontados entre sí, el respaldo de sus críticos nacionales (demócratas y parte de la prensa corporativa) y demostrar que no teme el deterioro de su supuesta buena relación con Rusia. Menos obvio fue el objetivo imperial al disparar cada misil: controlar recursos, rutas, mercados y reconfigurar el Medio Oriente.

Es la agenda del complejo industrial militar, cuyos operadores en el gabinete diseñan la diplomacia del magnate. Una vez más, la élite política de México, incapaz de leer ese contexto geoestratégico, optó por rendirse a Washington.

A las 8:40 de la noche del siete de abril, los destructores USS Porter y USS Ross, estacionados en el sureste del Mediterráneo, lanzaron 59 misiles crucero Tomahawk contra el aeropuerto sirio de Sha’irat en Ohms.

La andanada duró entre tres y cuatro minutos y solo 23 cohetes dieron en el blanco; se estima que el resto fue detectado por los radares rusos y aniquilados por las defensas antiaéreas sirias S-400. Entretanto, el grupo radical Estado Islámico (EI) asesinaba a 33 personas en Deir Ezzor, sin que el Ejecutivo estadounidense y la prensa corporativa consignaran ese hecho.

Donald Trump, quien criticó a Barack Obama por involucrarse “demasiado” en Medio Oriente y prometió destruir al EI, justificó así el bombardeo: “Esta noche ordené un ataque limitado sobre la base aérea siria, de donde se lanzó el ataque químico de Idlib”. Sin Ashar al-Assad en el ataque a Idlib del cuatro de abril, Trump se erigió en fiscal, juez y ejecutor de la agenda corporativa del complejo industrial militar.

Para el poder imperial, Siria es una zona estratégica rica en gas y petróleo con un gobierno hostil, que brinda a Rusia su único acceso al mar occidental y aliado de Irán. Controlar ese Estado fue la obsesión de Occidente, que desplegó mercenarios para subvertir el orden.

Sospechosamente, el EI comenzó a ocupar el norte, este y oriente sirios y en 2012 escalaba la violencia convirtiendo ciudades en escombros y aumentando muertes y éxodo. Washington responsabilizó a Al-Assad y presionó a sus aliados –entre ellos México– para recibir a los desplazados antigubernamentales.

Tras la ofensiva rusa contra el EI en 2016, el ejército sirio comenzó a avanzar y entre enero y abril recuperó ciudades y provincias al norte y oeste. Occidente, reacio a perder Siria, lanzó una estrategia psicológica para encender emociones y suprimir todo razonamiento; así, mostró a víctimas de un supuesto ataque con neurotóxicos por el ejército sirio en Idlib.

Al analizar el caso se advierte que Al-Assad no obtenía beneficios tácticos ni estratégicos con ese acto. El gobierno sirio afirma que de tener arsenal químico, lo habría usado contra el EI desde 2014 para evitar la pérdida de vidas y territorio, cita el experto en Medio Oriente, Ammar Waqqaf. De haber ocurrido esa agresión, sería un acto del Frente Al-Nusra para frenar el avance sirio y socavar la cooperación antiterrorista de EE.UU., apunta el experto ruso Igor Dimítriev.

Para el presidente ruso Vladimir Putin, la ofensiva de Trump a Siria fue “el fin de la diplomacia pues EE.UU. ha cruzado repetidamente cada línea roja”. Por ello suspendió el pacto con EE.UU. que desde octubre de 2015 asegura los vuelos sobre ese país, recuerda el vicepresidente del Comité de Defensa de la Duma rusa Yuri Shvitkin.

Tras la ofensiva del Pentágono, Al-Assad invitó a su país a expertos de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) a investigar lo ocurrido en Idlib y en Ohms.

El nueve de abril, el presidente ruso y su homólogo iraní, Hassan Rohani, se pronunciaron por una investigación objetiva e imparcial de lo ocurrido el cuatro y siete de abril.

Desconfiado, el canciller sirio Walid al Muallem expresó a su homólogo ruso Serguéi Lavrov que no creía que Occidente aceptara el envío de inspectores de la OPAQ. Entretanto, hasta ahora la Oficina de Asuntos para Desarme de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no ha confirmado que se perpetrara un ataque en Idlib y menos aún, por vía aérea.

A tres bandas

En términos militares el bombardeo del Pentágono no cambia el balance de fuerzas en Siria, hasta ahora a favor de Al-Assad y la base de Sha’irat sigue en operación. Sin embargo, los efectos geopolíticos son relevantes. El primero fue el repunte de entre el 2 y el 1.6 por ciento en los precios del petróleo por la llamada “prima de riesgo de Medio Oriente”. Podrían subir más, según reaccionen Irán y Rusia.

El segundo fue la ganancia bursátil en Wall Street de las empresas de defensa y energía. La puntera era la fabricante de los Tomahawk, Raytheon Corporation, cuyas acciones subieron 2.99 por ciento, que llegaron a 150.75 dólares.

Las del fabricante del avión caza F5, Lockheed Martin, subieron el 1.46 por ciento (267.11 dólares); las de Anadarko Petroleum (1.76 por ciento) y las de Chesapeake Energy (0.80 por ciento). Las nueve víctimas mortales de los misiles están en la conciencia de las corporaciones.

Otro efecto fue la legitimación global de Trump. Avalaron su posición Israel y Turquía; el Reino Unido en su primer acto post-Brexit aplaudió la acción junto con Alemania, Francia, España, Noruega, Dinamarca e Italia.

También lo respaldaron Arabia Saudita, Jordania y Emiratos Árabes Unidos, Japón y Australia. Los gobiernos neoliberales de Argentina, Chile, Colombia, México, Paraguay, Perú y Uruguay, en América Latina, disfrazaron su apoyo con la hipócrita condena al “ataque con armas químicas”.

En una “acción rebote”, gran parte de la prensa corporativa olvidó sus reproches contra el mandatario. El analista Fareed Zakaaria declaró: “Esta noche, Donald Trump se convirtió en el presidente que EE. UU. necesita” y The New York Times sostuvo que la operación de los Tomahawk “trae una breve esperanza a los atrapados en el brutal conflicto”.

Es paradójico que “periodistas de excelencia” de los medios más influyentes del mundo, avalaran el acto bélico sin acceder a las pruebas de la versión oficial. Olvidaban que 14 años antes, la Casa Blanca inventó que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva que nunca se encontraron.

El locho de abril, 47 de 100 diarios en EE. UU. editorializaron sobre el bombardeo a Siria; 39 a favor, siete ambiguos y solo uno en contra. Según Adam Johnson, del portal de transparencia FAIR, las encuestas muestran una sociedad polarizada.

Según Gallup, cuatro de cada siete personas lo reprueban y ocho de 17 lo avalan; en el sondeo de The Washington Post,  el 51 por ciento lo aprueba y el 40 por ciento se opone; en la  CBS el 57 por ciento está a favor y el 36 por ciento en contra.