Roma, la última frontera

Roma, la última frontera

SEXTANTE

Por: Costeau

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El cine, como sabemos, ha sido un poderoso instrumento de manipulación ideológica sobre los miles de millones de habitantes del globo terráqueo para beneficio de los grandes potentados que hoy día dominan este atribulado planeta. Pero también puede ser, sabiendo orientar su producción hacia la creación de obras artísticas, un poderoso y eficaz instrumento del conocimiento humano y de educación integral con el sentido objetivo y crítico que requiere la gente. El cine documental puede tener este ingente valor. Sin embargo, este género es minusvalorado y no tiene el mismo despliegue en producción y realización del que dispone el cine-ficción comercial. No es difícil comprender lo anterior; una sociedad en la que domina la voracidad monetaria, el afán desmedido de lucro, han convertido al séptimo arte en una industria que pone por encima de éste y del conocimiento humano la obtención de gigantescas ganancias.

Dentro del cine documental también existe el espíritu mercantilista; existen compañías “culturales” que hacen cinematografía del conocimiento también enfocadas a la obtención de ganancias. Sin embargo, a pesar de su fin pecuniario, estas empresas hacen el esfuerzo por dar buena calidad a sus productos y, por lo tanto, éstos se apegan a la objetividad, ya que si adulteran la verdad corren el peligro de ser rechazados por el público consumidor.

Un documental que hoy me permito recomendar, amigo lector, es Roma, la última frontera, realizado por EgiptoaRoma Caliptor estudios para la serie de televisión Historia en 2008; el documental está dividido en tres episodios y tiene una duración total de dos horas y 25 minutos. El filme consiste en un amplio recorrido histórico por el Imperio Romano en Britania, su colonia romana más septentrional, que duró más de cuatro siglos y reprodujo la sociedad esclavista de aquél y que luego, como en el resto de Europa, derivó en la sociedad feudal.

En el año 43 antes de Cristo (a. C.), el emperador Claudio César Augusto decidió la invasión de la mayor isla del continente europeo, tras un primer intento, años atrás, del emperador Julio César. Para tal efecto, Claudio envió una flota de más de 800 barcos (con cuatro legiones militares) a través del Canal de la Mancha. El objetivo de los romanos era, sin lugar a dudas, apropiarse de un territorio rico en oro, plata, plomo, tierras de cultivos, bosques, ganado y población explotable. Los habitantes de Britania eran de origen céltico, pero no constituían una nación unida, se hallaban dispersos en pequeños núcleos tribales y vivían en el estadio de la barbarie. El general que comandó la invasión era Aulio Plaucio. Los líderes britanos, encabezados por Carataco, calcularon que no habría invasión, por lo que la llegada de los romanos los tomó por sorpresa y no ofrecieron resistencia. Los britanos se refugiaron en una zona en la que creyeron que los invasores no los buscarían, al otro lado del río Medway. Pero los romanos, ávidos de tierras y recursos, fueron por ellos y los sometieron brutalmente. Carataco encabezó una feroz resistencia, pero fue derrotado. Once tribus decidieron no oponer resistencia a la invasión y sus jefes fueron integrados a la élite gobernante de la Britania colonizada.