Por: Abel Pérez Zamorano
El primero de marzo Donald Trump anunció la aplicación de aranceles a las importaciones de acero y aluminio, 25 y 10 por ciento, respectivamente. México y Canadá quedan temporalmente exentos de dicha medida, pero esa penderá como espada de Damocles para que ambos países se dobleguen en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN). El 16 de febrero, el Departamento de Comercio presentó un reporte donde resalta que Estados Unidos es el primer importador de acero, pero cada vez produce menos: hoy opera al 73 por ciento de su capacidad instalada. Desde el año 2000, 10 fundidoras han cerrado y el empleo en el sector ha caído en 35 por ciento; la producción mundial aumentó en 127 por ciento, pero la demanda lo hizo en menor medida generando un exceso mundial (700 millones de toneladas), siete veces superior al consumo norteamericano. China es el principal productor y exportador: en promedio produce mensualmente tanto acero como EU en un año. Sobre esa base, el secretario de Comercio Wilbur Ross ofreció opciones: un arancel de 24 por ciento a todas las importaciones de acero; un arancel mínimo de 53 por ciento a 12 países; por último, cuotas de importación. Los principales países de donde importa son: Canadá, Unión Europea, República de Corea, México, Brasil, Japón, Taiwán, China, Rusia y Turquía (Department of Commerce, United States of America, 16 de febrero de 2018).
Sobre el aluminio, el reporte destaca que el crecimiento en las importaciones representa ya ¡el 90 por ciento de la demanda!, contra solo 66 por ciento en 2012; entre 2013 y 2016 el empleo en ese sector industrial cayó en 58 por ciento; han cerrado seis fundidoras y solo dos de las cinco restantes operan a toda su capacidad; en contraparte, la demanda nacional ha crecido (o sea, EU no puede cubrir sus propias necesidades aunque tiene fundidoras para hacerlo; el problema es que su industria no es competitiva ante otros países). El informe cuestiona los bajos costos del aluminio chino, que invade el mercado norteamericano. Esa industria está produciendo, en promedio, al 48 por ciento de su capacidad y se pretende con aranceles recuperarla al 80 por ciento. Para ello, se propuso una tarifa mínima de 7.7 por ciento al total de importaciones del metal o un arancel de 23.6 a todos los productos de China, Hong Kong, Rusia, Venezuela y Vietnam; para los demás, cuotas de importación 86.7 por ciento inferiores a sus exportaciones de aluminio a EU del año pasado.
Al respecto, Sputnik (siete de marzo) publicó que: “En 2016 China produjo el 51 por ciento del acero del mundo, pero en 2000 no llegaba a un tercio. Mientras todos los grandes países redujeron su producción de acero, China la duplicó desde comienzos de siglo. Algo similar sucede con el aluminio: EEUU fue un importante productor hasta 2005, siendo rebasado con creces por China que ya produce la mitad del aluminio del mundo”. Y lo anterior ha contribuido en parte al gigantesco déficit comercial total de EU: 566 mil millones de dólares, el más alto en siete años. Pero las acciones sobre acero y aluminio no son hechos aislados: en enero pasado, Trump impuso altos aranceles a la importación de lavadoras y paneles solares.
Entre analistas económicos existe consenso en que tales acciones podrían desatar una guerra comercial que ocupe el lugar del precario libre comercio existente. Tales guerras ocurren cuando un gobierno restringe el ingreso de productos de importación provenientes de otros países, sea mediante aranceles (impuestos a las importaciones), cuotas (fijar cantidades tope a las importaciones) o llanamente impidiendo la entrada de ciertos productos de determinadas naciones. Obviamente, eso provoca represalias de la parte afectada, que toma sus propias medidas de protección (acciones compensatorias, les llaman), generándose así un escalamiento que provocará acciones adicionales del país que empezó, y así sucesivamente; alguien ha comparado eso con la Ley del Talión. Precisamente, así dio inicio el proteccionismo a resultas de la gran depresión, en junio de 1930, cuando EU, mediante la Ley de Aranceles (Ley Hawley-Smoot) elevó desmesuradamente los aranceles, provocando una reacción mundial en igual sentido. Pero todo mundo sabe dónde inician esas guerras, pero no dónde terminan. Para empezar, Jean-Claude Juncker, presidente de la comisión europea, ya declaró que: “No nos quedaremos de brazos cruzados mientras nuestra industria sea golpeada por unas medidas injustas que ponen a miles de empleos europeos en riesgo… La UE dará una respuesta firme y proporcional para defender nuestros intereses”.
En la economía norteamericana habrá ganadores: el gobierno, que percibe un ingreso adicional por los aranceles, y también las empresas ineficientes, que buscan hacerse competitivas protegiéndose con la fuerza del Estado. Pero hay afectados: los consumidores industriales, principalmente los finales, a quienes en última instancia se trasladan siempre los aumentos de precios. Ellos pagarán más caros los productos elaborados con acero y aluminio. Además, se ven dañadas las cadenas de suministro. ¿No dice, pues, el canon neoliberal que el libre comercio permitiría a cada país producir aquello que puede hacer mejor e importar lo que le es más difícil o costoso? ¿No postula, acaso, que el consumidor gana si se importan productos más baratos? ¿Dónde quedó entonces aquella teoría tenida como incuestionable por la corriente económica dominante?
En lo que hace a la causa, las medidas dejan ver en el fondo serios rezagos en productividad y competitividad de las industrias señaladas, pues incluso el golpe mismo afecta a los propios aliados estratégicos de EU, como lo indica el reporte de Sputnik arriba citado: “La primera cuestión a tener en cuenta es que China no será la principal afectada por esas medidas, sino los aliados más cercanos de Washington. Estados Unidos es el mayor importador de acero del mundo, con 20 millones de toneladas anuales, por 24 mil millones de dólares. El principal abastecedor es Canadá, con el 17% del total, seguido de cerca por Corea del Sur y Brasil. Por el contrario, China es apenas el undécimo exportador de acero a Estados Unidos. Aliados importantes como Japón, Alemania y Taiwán, serán también perjudicados por las medidas anunciadas”. Pero la evidencia más fuerte de que los aranceles expresan debilidad productiva e incapacidad para competir en buena lid, es la diferencia de costos: EEUU produce acero más caro que otros países, y sus industriales prefieren importarlo. El precio en este año, en dólares por tonelada, es como sigue: EEUU, 690; Europa, 615; Japón, 600; China, 590; y Rusia, 572 (Fuente: FMI).
Así se explica, en el fondo, el empleo de medidas de fuerza y las acciones extraeconómicas para impedir la competencia; y queda claro también que la capacidad global alcanzada por las fuerzas productivas rebasa ya con mucho la demanda, lo cual encona enfrentamientos entre países productores, pero a la vez exige el establecimiento de un orden y también de un equilibrio en la producción global. Deja ver también cómo la competencia no se resuelve, en ese y otros casos, por la eficiencia productiva como criterio económico. La guerra económica se traslada a otros campos de batalla, y el abierto ejercicio de la fuerza atropella incluso principios teóricos como el libre comercio, tenidos hasta hoy como pilares de la economía de mercado.