NUEVA YORK, EUA.- Tú eres una persona y vives en un país. Atesoras, por ejemplo, tu intimidad; crees que tu nación limita con otras, o con un elemento natural como el mar o una cadena montañosa.
Es posible que haya sido así alguna vez —generaciones crecieron en ese mundo— pero ya no.
Un mapa físico y político, por ejemplo, es «menos importante que los nuevos mapas de los flujos de información», explicó Peter Pomerantsev en su inquietante libro This Is Not Propaganda: Adventures in the War Against Reality (Esto no es propaganda: aventuras en la guerra contra la realidad).
No hay fronteras como las del TEG. «Tomas una palabra clave, un mensaje o una narrativa y la ubicas en el conjunto siempre creciente de datos del mundo. El analista entonces identifica la gente, los medios, las cuentas de redes sociales, los bots, los trolls y los cyborgs que impulsan o interactúan» con esos términos. Así en 2016 el slogan «Métanla en la cárcel», contra Hillary Clinton, reveló un mapa donde los agentes del Kremlin en San Petersburgo y un votante de Donald Trump en Wisconsin estaban en el mismo espacio en realidad.
De manera equivalente, tú crees que tienes cosas privadas, como tu propio cuerpo. Sin embargo, «la pesadilla potencial de los nuevos medios es la idea de que nuestros datos pueden saber de nosotros más de lo que nosotros mismos sabemos, y que eso luego se usa para influirnos sin nuestro conocimiento». No se trata de que Cambridge Analytica haya tenido fotos de tus partes íntimas: se trata de que pudo predecir qué hacías con ellas y cómo eso se podía usar para influir tu voto.
«¿No es eso la democracia, cuando le das a la gente lo que quiere?», preguntó Nigel Oakes a Pomerantsev en una entrevista para el libro.













