NUEVA YORK, EUA.- Quizá recuerde algún momento de la infancia en el que vio los huesos de su mano sobre un fondo oscuro. ¿Cómo era posible fotografiar algo que se escondía bajo la piel? ¿Qué tipo de truco usaba aquella persona que huía al otro lado del cristal durante un puñado de segundos?
¿RAYOS… X?
La invención de la radiografía se la debemos al alemán Wilhelm Röntgen, quien a finales del s. XIX descubrió un nuevo tipo de rayos capaces de atravesar ciertos materiales. Como su naturaleza era desconocida, los llamó rayos X. Experimento va, experimento viene, observó que esa radiación podía atravesar el tejido humano con más facilidad que los huesos. Así logró la primera radiografía médica de la historia, la de la mano de su mujer, Bertha.
Ha pasado más de un siglo desde aquel momento y, pese a que se han realizado numerosos avances, el fundamento sigue siendo básicamente el mismo. Para comenzar se necesita una fuente que emita rayos X, un tipo de radiación de la misma naturaleza que la luz visible, pero más energética y con mayor capacidad de penetración.













